Madagascar

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Dos_cientos, tres_cientos y cuatro_cientos fallitos…

2cientos

No es que esté mal escrito “dos cientos,” podría haber dicho “cientos de hinchas” o incluso “dos cientos de hinchas”, a pesar de que no sería lo más usual…
El problema es que el señor periodista ha querido decir 200, doscientos, y lo ha escrito así.
El problema es que este es un “pequeño” fallo, muestra de los mil “pequeños” fallos que nos encontramos en prensa día a día, y en Internet al menos solo falta que alguien se dé cuenta y lo corrija; lo malo es que ese mismo fallo, y otros mucho peores, los encontramos en cada periódico que compramos y que nadie va a corregir.
¿No saben escribir o no revisan nada? Con algunos fallos que veo, creo que es más bien lo segundo; y he de decir que leo muchos periódicos, y encuentro muchísimos fallos.
De hecho, uno de los juegos que tuvimos con un profesor de 1º de carrera, y con el que me he vuelto a encontrar en 3º (y nos ha propuesto volver a jugar) es precisamente encontrar esas patadas escritas, de faltas ortográficas y también de datos y lógica; así que podemos decir que no es solo que lea periódicos, sino que encima me fijo en los errores, y veo los que encuentran mis compañeros.
Los periodistas (y todo el mundo) debería saber escribir desde que sale del colegio, el problema es que la gente puede ir a la universidad sin saber colocar ni las “uves”; y cuando uno estudia periodismo, pues tiene su agravante. El problema no es solo de los periodistas, aunque en estos tiene narices.
He subrayado debajo el doscientos bien escrito, porque si lo ha hecho el mismo redactor, lo de arriba ha sido un lapsus (aunque igual de grave me parece no releer lo escrito para un periódico, por cierto, es de www.sport.es).  De todos modos esto era solo un ejemplo; hay muchos más, y no solo es de faltas de ortografía este problema, sino de patadas a la lógica que leemos en el periódico (ahora no lo encuentro, pero existió en su día un titular que decía que “cada día 600.000 personas se infectan de lepra”, al periodista no se le ocurrió contrastar y ver que no era en un día, que eso era imposible, pues no, así lo plantó, 600.000 al día).
Otro ejemplo fue el otro día, dos periódicos daban la misma noticia totalmente diferente, en una de ellas el asesinado iba con su novia, en otro con la amiga de la novia; en una la novia era colombiana, en otra brasileña; en otra le mató el marido de la novia, en otra le mató el ex-novio de la novia… ¿No es mejor esperar a tener la noticia y darla? Decir hasta entonces solo que ha sido cometido un crimen de tal o cual tipo, en tales o cuales circunstancias y que aún no se disponen de más datos…
 

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I can always make you smile!

Teddy Bear

Me encantan estos dibujos!!! Son a la vez tan tristones y tan graciosos.
Yo quiero un peluche de estos dos!! (Son dos, el amarillo y uno azul)

I Can Always Make You Smile

http://www.ponandzi.com/index.phphttp://skotta84.blog.is/album/EMOKID/

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La cocina y yo.

Cuando me fui a estudiar fuera, me encontré con que tenía que lavar, planchar, cocinar y un largo etcétera de cosas que pensaba que solo sabían hacer mis papis y los señores de los restaurantes; pero no me fue tan mal, no he desteñido en la lavadora, ni me he quemado planchando, tampoco he inundado la casa con la fregona, ni me salen bichos de debajo de los azulejos. Nadie daba un duro por mí, especialmente con lo de la cocina, yo no sabía cocinar naaaaaaaada, solo sabía usar el micro (hay que tener en cuenta que mi madre apenas me dejaba acercarme a la cocina, baish baish bicho).
Me fui fuera y empecé a cocinar, se atrevieron a probarlo, y vieron que no lo hago nada mal, y que tengo un repertorio amplio (no tengo la dieta del estudiante que solo sabe pedir pizza, cocer pasta y freír una pechuga). He de decir que me gusta cocinar, y que -independientemente de las abuelas que tenga o no- lo hago de vicio; me da igual cocinar un plato para otros y solo probarlo, me gusta hacer ese plato, aunque claro, también me gusta comerlo y solo me gusta cocinar cosas que me gustan 😛
Ayer vi una receta de costillas como las del Tony Roma’s (mis favoritas) en la nek0cina (página en la que no dejo de descubrir cosas), y (aún estoy con papi y mami), no pudimos evitar probar la receta ayer mismo por la noche. Nos quedaron geniales, la receta es buena 😛 Es que en mi casa somos incondicionales de las costillitas de cerdo, jeje.
La cosa es que nekit0 decía que la receta salía del libro Top Restaurant Secret Recipes, y empecé a buscar cosas en internet y en su blog de ese libro, me he encaprichado de él, tiene que ser mío como sea. Es un libro (bueno, hay más de uno) con recetas de restaurantes tipo este, TGI Friday’s y otros sitios; recetas que me encantaría hacer; de momento he mirado alguna en esta web; pero ese libro lo necesito, aunque sea en inglés (ya que por más que he buscado no lo veo en español, creo que no lo hay *aún*).
Tengo ganas de probar muchas recetas que he visto en la web; aunque también tengo apuntadas unas cuantas de la nek0cina que me tienen fascinada. ¿Hace falta que os diga que os recomiendo la receta de las costillitas?

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Crawford, Tejas – 22 de Febrero del 2003

El País ha publicado el Acta de la Conversación entre George Bush y Aznar en Febrero del 2003.
Me sorprenden varias cosas, pero sobre todo hay un párrafo de Bush:
 “Estoy optimista porque creo que estoy en lo cierto. Estoy en paz conmigo mismo. Nos ha correspondido hacer frente a una seria amenaza contra la paz. Me irrita muchísimo contemplar la insensibilidad de los europeos sobre los sufrimientos que Sadam Hussein inflige a los iraquíes. Quizá porque es moreno, lejano y musulmán, muchos europeos piensan que todo está bien con él. No olvidaré lo que me dijo una vez Solana: que por qué los americanos pensamos que los europeos son antisemitas e incapaces de hacer frente a sus responsabilidades. Esa actitud defensiva es terrible. Tengo que reconocer que con Kofi Annan tengo unas magníficas relaciones.”
Sí, debe ser precisamente la insensibilidad de los europeos, y solo de los europeos; estoy segura de que los estadounidenses y demás se preocupaban mucho del tema.
Es cierto que no mucha gente europea estaba muy al día con la situación de los iraquíes con Sadam; pero tampoco fue la de Bush una solución mucho mejor cuando muchos murieron y otros tantos se quedaron sin casa; cuando dejó un país hecho una m*****. (Lo normal en una guerra, pero ahora me refiero solo a esas palabras suyas).
Me hace gracia que hable de “los europeos” separándolos del resto de la sociedad occidental, dejando fuera su maravilloso país, en el que, por supuesto, eran conscientes de la situación de los pobrecitos iraquíes…

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La nek0cina

He añadido un nuevo enlace en mis favoritos, la nek0cina, un blog que habla de todo lo relacionado con la cocina, que me encanta, sobre todo, por sus recetas.
De hecho, dentro de poco empieza el curso y vuelvo a ser “independiente”, viviendo sola, lavándome la ropa, cocinando, y todas esas cosas. Así que habrá que probar algunas recetillas.
De momento probé la de la Salsa Jack Daniel’s y no ha estado nada mal 😉 Tenía ganas de saber la receta (había probado la salsa en el TGI Friday’s), y por fin encontré algo que se parecía (tras algún invento en casa, que aunque no sabía mal, o sí, no era lo que buscaba).
El blog no solo es interesante por sus recetas, pero os animo a intentar alguna, porque tienen todas muy buena pinta 🙂

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Super, super, super…

Fernando Lázaro Carreter en 1999.
Supertriste.
Leído en la carta de una lectora a su revista: “Hoy hace un año que murió mi Candy y estoy supertriste”. Candy era una graciosa iguana, y eso podría haberlo escrito también un lector, porque super- es unisex; y ambos, idénticamente, podrían haber dicho que estaban superafligidos/as o superacongojados/ as o superfastidiados/as, si hablaban en versión de cámara y si transcribimos tales sentimientos con repugnante estilo de circular ortosexual. Esa tumescencia verbal ataca a millares de ciudadanos veinteañeros, y a una multitud talluda contagiada de su inmunodeficiencia idiomática. Estalla con vigor en los viernes de litro y jarana, pero no sólo: también brota en muy amplios sectores del “qualunquismo” hispano, desde el mercadillo a la boutique, y hermana a los famosos de tele y magacín con sus glosadores simbióticos.
Entre ellos, super- puede crecerle a cualquier adjetivo (o sustantivo) y hay miles de hablantes que se sentirían desvalidos si no ornaran sus calificaciones con ese bubón: su ligue les parece superguay, gozan de una pareja muy supercálida, y aquella lectora halló a Candy en el terrario donde dormía supermuerta. Si el ánimo de tales dilatadores se acoge al adverbio, dirán que se sienten superbien o supermal, tal vez superregular. Es el último estadio a que ha llegado por ahora la preposición super, que había sido fecunda en latín, ayudando a nacer palabras con el significado de ‘encima de’ o ‘por encima de’. Muchas de ellas perecieron en su viaje a los romances, pero las sobrevivientes fueron tratadas con confianza, y supercilium, por ejemplo, se hizo sobrecejo en castellano, o surcil en francés antiguo.
Inquietantes sabios medievales volvieron a tirar de tal formante para señalar ‘superioridad no espacial’, en docenas de voces como superabnegativus de Boccio, superflexus de Sidonio, o, gala de aquel apogeo, supereminentissimus de San Fulgencio; pero eran indigestibles para el vulgo rudo que, por entonces, ya andaba haciendo picadillo la lengua de Horacio.
Hasta el siglo XVIII, el español sólo había acogido unas pocas voces de ese legado sabio, traídas del latín por los doctos: superabundante, superbísimo, superficial, superfluo, superior… En 1803, el Diccionario académico había incorporado otra como ellas, supereminente. Y hasta 1884 no abre un artículo para la “preposición inseparable” super, a la que, entre otras aptitudes, le reconoce la de significar “grado sumo”; lo ejemplifica con el ya dicho superabundante y una palabra moderna: superfino. Era, sin duda, un galicismo de moda, que, por ejemplo, aparecía aquel año en La Regenta, y que se estaba empleando para calificar a las gentes de sangre delicada y a sus cosas, por ejemplo, a los lenguados pequeños -no mayores de diez centímetros- que el cocinero Muro exaltaba en 1894 como superfinos.
Cuando esperaríamos una creciente presencia lexicográfica de estas formaciones romances paralela al uso, sólo hallamos, en 1970, la inclusión de super- como formante castellano (y ya no como “preposición impropia”), indicio claro de que su presencia iba haciéndose activa y no podía dejar de reconocerse. Pero en el infolio no aparece ninguna voz de las que, con parsimonia, se usaban ya, dado el criterio de que, una vez consignados un constituyente léxico y su significación, no se reseñen, por economía de espacio, las voces a las que sólo aporta aquel significado: una vez definidos super- y fino, huelga superfino. Sin embargo, aún sigue residual en su columna académica, y continuó ejemplificando, él solo, el uso superlativo del formante super-, hasta 1992 en que se le junta otra formación moderna: superelegante. Era la consagración oficial de su pujanza.
Y es que, si no Malherbe, tío Sam había venido, con su afición y falta de respeto al latín, y super-, pegado con el mayor desparpajo a nombres y adjetivos, le llovía a Europa desde los alrededores de 1940. Servía de arranque a una enorme cantidad de vocablos, a los que aportaba la idea de que la sustancia o cualidad con que aparecía desposado excedían mucho de lo normal (el superhombre nietzscheano había sido muy jaleado), de que eran ‘muy grandes’, o de que poseían magnitudes no comunes (superpetrolero, superpotencia, supercombustible, superbombardero, supersónico, superconductor, supersíntesis…).
Y así, super- se convirtió en arma imprescindible de la publicidad oral y escrita, que hacía de una película una superproducción, de un gran mercado un supermercado (luego, un súper), de un equipo un supercampeón, de un espía de celuloide un superagente, de una gasolina con más octanos un supercarburante (más tarde, la súper); y proponía a la avidez general estufas supercatalíticas, cremas superhidratantes, compresas superabsorbentes, desodorantes superleales y gomas supersensitivas, mientras surgían abruptamente superpolicías, superjueces, superministros y superministras, superlíderes: pocos adminículos enfatizadores han mostrado mayor potencia genésica. Con más renuencia, el prolífico constituyente va apareciendo en textos de intención sustancial: superintelectual (Pemán, 1970), superlleno (Sábato, 1974), superadulto (Onetti, 1979), superedípico (García Hortelano, 1984), y ya con vigor, mil más.
Pero a lo que estamos, y que es la apropiación insaciable de super- por los hispanos, como por los franceses o italianos, a remolque del inglés, y que permite eludir otras maneras más refinadas de expresar la elación. El analfabetismo más fanático se ha adueñado entre nosotros de este truco exagerador para calificar y para liberar buena parte de la sobreexcitación nerviosa que, en esta época, aqueja a toda la zoología bípeda, necesitada de expresarlo todo en su ápice vibrante. Quizá, algún chavalillo/a, en la actual nueva edad oscura, esté diciendo ya, a lo San Fulgencio, que su pareja (¿y parejo?) es supercalidísima/o.
Pero, al lado de super, acechan hiper- y mega-. Pregunto a mi nieta Ana -ocho años- qué prefiere, si decir que la película Pocahontas es superbonita o que es hiperbonita. Resuelve sin dudarlo: hiperbonita; y da el porqué: “Es más chulo”. Su hermano -seis años- asiente: “Chola más”. “Querrás decir que mola”: “No: digo que chola”. Otro nieto, su primo, ocho años, ratifica: “Sí, chola”. He ahí el porvenir.
He de reconocer que soy una de esas personas que en el hablar diario (evidentemente no cuando escribo o hablo con un profesor o algo así), abusa del “super”, y aunque me dé cuenta y vea lo mal que queda decir ciertas petardeces, lo sigo haciendo sin darme cuenta (o si me doy, porque también lo sé evitar cuando no debo decirlo).

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